En su casa, mientras se preparaba para asistir a la primera jornada de voluntariado, José Pablo Murillo recibió un mensaje en su teléfono. Uno de sus compañeros ya había llegado a la bodega, ubicada en el cantón de Belén, a unos 8.8 kilómetros del aeropuerto internacional Juan Santamaría, que presta servicios a la ciudad de San José. Murillo se apresuró a llegar, ya que su tarea era crucial para el éxito del proyecto.
El objetivo era recoger conchas de mar, que luego serían devueltas a los mares de Costa Rica. Pero no cualquier concha, sino aquellas que habían sido recolectadas de manera ilegal y estaban siendo vendidas en mercados locales. La idea era devolverlas a su hábitat natural, donde podrían ayudar a restaurar la biodiversidad de los ecosistemas marinos.
Murillo y sus compañeros de voluntariado trabajaron durante horas, recogiendo conchas de diferentes especies. Luego, se las llevaron a una bodega donde se les aplicó un proceso de limpieza y tratamiento con una solución especial. Finalmente, las conchas fueron cargadas en un camión que las llevaría a la costa.
La inteligencia artificial jugó un papel crucial en este proyecto. Un algoritmo desarrollado por científicos costarricenses permitió identificar las conchas que habían sido recolectadas de manera ilegal y determinar su origen. Esto permitió a los voluntarios concentrarse en las conchas que realmente necesitaban ser devueltas a los mares.
La iniciativa ha sido un éxito, ya que se han devuelto miles de conchas a los mares de Costa Rica. Los científicos esperan que esta acción ayude a restaurar la biodiversidad de los ecosistemas marinos y a proteger a las especies que se ven amenazadas por la sobreexplotación de las conchas.
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