Una investigación revela que el regulador permitió que las empresas se libraran de pagar las garantías de limpieza a pesar de un atraso que llevará décadas en despejar
Cuando Christiaan van Woudenberg se mudó a Erie, Colorado, en 2007, nunca imaginó que se convertiría en un activista anti-fracturación. Simplemente pensó que estaba comprando su hogar soñado – una casa de cuatro dormitorios con una vista panorámica de la montaña, a 30 minutos al norte del centro de Denver.
Luego, en 2014, comenzó la perforación. Las plataformas de petróleo y gas surgieron, algunas a solo 800 pies (240 metros) de su ventana de dormitorio. El sueño se convirtió en pesadilla: los ruidos ensordecedores resonaban toda la noche, y el aire olía a escape. Los vecinos empezaron a sufrir dolor de cabeza y sangrado nasal, y van Woudenberg desarrolló nuevos problemas respiratorios. Mantuvo sus ventanas cerradas y se preocupó por sus hijas que salieran al aire libre.

