La exploración offshore avanza envuelta en informes técnicos y promesas de seguridad, en un país que acaba de descubrir que sus sistemas de control más “ejemplares” podían ser un decorado. El problema ya no es solo ambiental: es de confianza institucional.
Cuando el futuro se decide en un país que ya no cree en sus propios controles hay decisiones que no hacen ruido cuando se toman, pero que resuenan durante décadas.
La prospección petrolera en Uruguay es una de ellas.
Avanza envuelta en lenguaje técnico, informes, probabilidades, protocolos y promesas de control. Todo parece ordenado, racional, seguro. Demasiado parecido a lo que escuchamos durante años sobre otros sistemas que también eran “ejemplares”.
La diferencia es que ahora el riesgo no es un fondo ganadero ni una contabilidad creativa. Es el mar, el ecosistema, la coherencia climática y el rumbo estratégico del país. Uruguay viene de una herida profunda en su confianza institucional.
La mayor estafa en la historia del Uruguay ocurrió, simbólicamente, en el corazón de aquello que siempre se dijo que “salva al país”: la actividad agropecuaria. Conexión Ganadera no fue solo un fraude, fue la demostración de que un sistema entero de controles, auditorías, trazabilidad y fiscalización podía funcionar como un decorado perfecto mientras por detrás se vaciaba todo. Durante años “no pasaba nada”, en un sector asociado al viejo axioma nacional: “Uruguay se salva con el agro o perece con él”.
Los informes estaban. Las certificaciones también. El relato de país serio, confiable y prolijo seguía intacto. Hasta que colapsó.

La primera consecuencia inmediata fue la caída de la trazabilidad, orgullo nacional, que no solo quedó convertida en papel mojado por redes de corrupción y falta de controles reales, sino que se llevó puesto uno de los sistemas que habían posicionado al país como punta de lanza mundial en el seguimiento de su producción. Años de esfuerzo acumulado en trazabilidad individual, mejora de productividades, control sanitario, desarrollo de líneas genéticas, certificaciones de origen y construcción de una reputación internacional de seriedad y confiabilidad quedaron heridos por la constatación de que incluso ese entramado, presentado como modelo, podía ser vulnerado, degradado y reducido a una simple escenografía de confianza.
Vaya entonces si sabrá el uruguayo de controles que “funcionan” en los papeles y fallan en la realidad. De sistemas presentados como blindados, de sellos, auditorías y protocolos que prometen seguridad absoluta y terminan revelándose frágiles, permeables, ilusorios. De estructuras diseñadas para dar tranquilidad mientras, por debajo, se erosiona la confianza. Un país que ya aprendió, a un costo altísimo, que los controles pueden ser impecables en el discurso y, aun así, colapsar cuando más se los necesita.
Y lo mismo se repite, una y otra vez, en distintas áreas: organismos sin recursos, fiscalizaciones laxas, puertas giratorias, una confianza casi ingenua en que “acá esas cosas no pasan”. En ese contexto, el discurso de que la exploración petrolera está “absolutamente controlada”, que los riesgos son mínimos, que la ciencia garantiza seguridad, suena inquietantemente familiar.
No porque la ciencia mienta, sino porque vuelve a ser utilizada como escudo político. Como antes se usaron balances auditados, sellos de calidad y sistemas informáticos “de primer nivel”. La técnica como anestesia social. La complejidad como barrera al debate ciudadano.
Y, a modo de ejemplo cercano y elocuente: ¿alguien sabe cuál fue el resultado final de aquellos pocos litros de hidrocarburos derramados hace unos meses en la boya de José Ignacio? ¿Qué evaluación pública, qué sanciones, qué conclusiones oficiales quedaron? El silencio institucional que rodeó ese episodio no disipa las dudas: las convalida, y deja flotando la sospecha de un sistema de respuesta que, como mínimo, es lento, opaco o ineficiente.
El verdadero problema ya no es solo ambiental. Es institucional y cultural. ¿Puede un país que acaba de descubrir que no supo, o no quiso, controlar sus propios sistemas financieros, ganaderos y regulatorios, asumir con liviandad que sí podrá controlar a grandes corporaciones energéticas, contratos a treinta años, impactos marinos, arbitrajes internacionales y presiones geopolíticas?

El péndulo vuelve a aparecer, de la épica verde al pragmatismo fiscal, de la soberanía al capital extranjero, de la política al expediente técnico. Y detrás, la misma tentación, el dinero largo, silencioso, que promete sin exigir definiciones hoy, pero condiciona todo mañana. “Es solo exploración”, se dice. También era “solo inversión”, “solo un fondo”, “solo una operación financiera sofisticada”. Hasta que dejó de serlo. La cuestión de fondo no es si hay petróleo. Es si hay confianza suficiente en un Estado que ha demostrado fallas graves para vigilar, auditar y anticipar. Y, sobre todo, si una sociedad que fue sorprendida por estafas sistémicas está dispuesta a aceptar, otra vez, que todo quede en manos de expertos, contratos y promesas. El catalejo ya no apunta solo al horizonte energético. Apunta a algo más frágil, la credibilidad. Porque un país puede corregir un error económico. Puede incluso reparar un daño ambiental con décadas de trabajo. Lo que cuesta generaciones reconstruir es la confianza en que las decisiones estratégicas no se toman en silencio, no se blindan con jerga técnica, y no se delegan a sistemas que, cuando fallan, siempre dicen lo mismo, “Nadie lo vio venir. Todo estaba en regla.”
Y Uruguay ya escuchó esa frase demasiadas veces.

