Parte II – Cuando la exploración deja de ser solo técnica
En la primera parte se señalaba una tensión evidente: un discurso oficial que insiste en que “no pasa nada”, acompañado por un régimen de controles y restricciones propio de una actividad de alto riesgo. Esa contradicción no es solo retórica.
Abre una discusión más profunda sobre qué está realmente en juego cuando un país como Uruguay decide avanzar en la exploración petrolera en aguas profundas.
El factor geopolítico invisible
Uruguay no explora en el vacío. Lo hace en el Atlántico Sur, una región de creciente interés estratégico, atravesada por rutas comerciales, disputas por recursos y la presencia de grandes actores energéticos globales.
La prospección sísmica no es únicamente un acto técnico: es también una señal de posicionamiento en el mapa energético y geopolítico.
Aceptar la exploración implica, de hecho, ingresar aunque sea de forma preliminar, en una red de intereses donde pesan empresas multinacionales, fondos de inversión, aseguradoras, Estados y organismos internacionales.
En ese contexto, la narrativa de una actividad “neutral” o meramente informativa resulta, como mínimo, incompleta.
El riesgo reputacional del “país verde” y el giro del discurso oficial
Uruguay construyó durante años una marca internacional como laboratorio de energías limpias y transición energética. La exploración offshore profunda ya introduce una grieta en ese relato: no porque sea ilegal, sino porque envía un mensaje ambiguo a inversores, organismos multilaterales y a la opinión pública global.
A esa ambigüedad se suma ahora un nuevo protagonista: el propio gobierno, a través del Ministerio de Ambiente, que ha comenzado a matizar, cuando no a contradecir, su posición inicial.
Luego de insistir durante meses y a toda voz en que la prospección no implicaba riesgos relevantes, hoy se reconoce abiertamente que sí existen riesgos ambientales.
No solo cambió el tono, cambió el contenido: del “no hay impacto” se pasó al “hay riesgo, pero está bajo control”.
El problema es que, cuando se observan las medidas presentadas para “controlar” ese riesgo, el relato técnico roza lo pintoresco.
Entre los dispositivos centrales aparece la figura de observadores a bordo, con la potestad de detener las operaciones si detectan fauna sensible en la zona.
La imagen evoca más a un vigía de película de piratas, oteando el horizonte con un catalejo para asegurarse de que no haya ballenas o delfines a la vista, que a un sistema sofisticado de protección de ecosistemas complejos.
La mayor parte de los organismos potencialmente afectados —plancton, larvas, especies de profundidad, sistemas de comunicación acústica, cadenas tróficas enteras— no se manifiestan en superficie ni se anuncian con saltos espectaculares. No se “ven” desde un barco. Sin embargo, el dispositivo simbólico del control parece apoyarse en esa lógica: si no hay grandes animales a la vista, entonces no hay problema.
La paradoja es evidente. Se admite que el riesgo existe, pero se lo enfrenta con mecanismos que, al menos en el plano comunicacional, resultan desproporcionadamente rudimentarios frente a la complejidad de los procesos que se pretende resguardar. Esto no solo plantea dudas técnicas; también erosiona la credibilidad del relato ambiental que el país ha cultivado durante décadas.
El dilema económico real
El debate no es simplemente “petróleo sí o no”. Es, en realidad, una discusión sobre costos y beneficios distribuidos en el tiempo. Las inversiones necesarias para la exploración en aguas profundas solo se justifican si existe una expectativa razonable de explotación futura. Y la explotación, de concretarse, abre interrogantes inevitables:
- ¿Qué proporción de la renta quedaría efectivamente en el país?
- ¿Qué riesgos financieros asume el Estado en términos de seguros, litigios y eventuales remediaciones?
- ¿Qué impactos potenciales recaerían sobre actividades ya consolidadas como la pesca, el turismo y la economía costera?
La promesa de ingresos futuros convive con la posibilidad de costos ambientales y económicos difíciles de cuantificar y, en muchos casos, imposibles de revertir.
La asimetría de información
Las empresas operan con modelos sísmicos, simulaciones de propagación acústica, análisis de riesgo probabilístico y equipos legales especializados.
La ciudadanía recibe, en cambio, mensajes simplificados, orientados a tranquilizar antes que a informar en profundidad.
Entre ambos planos se abre una brecha. No necesariamente de mala fe, pero sí de poder: quien domina la información técnica controla también el marco del debate.
Y cuando ese debate se reduce a consignas del tipo “no se perfora, no se extrae, no pasa nada”, se posterga una discusión que es, en esencia, política y estratégica.
Decidir sin decirlo
La exploración avanza por etapas, envuelta en lenguaje administrativo y protocolos técnicos. Cada paso parece menor, provisional, reversible. Sin embargo, en su conjunto, configuran una dirección clara: se mantiene abierta la puerta a un futuro petrolero offshore.
No se trata de afirmar que la decisión esté ya tomada, pero sí de reconocer que se la está preparando. Y hacerlo sin un debate público frontal sobre el modelo de desarrollo, el lugar de los combustibles fósiles en la estrategia nacional y los riesgos que se está dispuesto a asumir.
En la Parte I la contradicción estaba entre el discurso de tranquilidad y los controles excepcionales. En esta segunda parte emerge otra capa: la de un país que, mientras se presenta como referente ambiental, reconoce riesgos serios y los gestiona con dispositivos que, vistos de cerca, parecen más simbólicos que estructurales.
La pregunta ya no es si la sísmica perfora o no el fondo marino.
La pregunta es si, en nombre de una prudencia que se declara, se está evitando deliberadamente un debate que debería ser explícito:
qué lugar quiere ocupar Uruguay en la economía energética del siglo XXI y qué precio —ambiental, reputacional y político— está dispuesto a pagar por ello.
CONTINUARA…

