En los últimos meses, el gobierno uruguayo ha intentado transmitir un mensaje de calma frente al avance de la prospección petrolera offshore. La idea central se repite en comunicados oficiales y declaraciones públicas: no se está explotando petróleo, no se está perforando, solo se está recabando información técnica.
Sin embargo, cuando se observan las decisiones administrativas y los condicionamientos impuestos, el relato empieza a mostrar fisuras.
“No pasa nada”, pero con condiciones extraordinarias
Desde el Ministerio de Ambiente se ha insistido en que la prospección sísmica no implica extracción ni daño irreversible, y que Uruguay ya realizó actividades similares en el pasado. El mensaje busca desdramatizar y colocar el tema en un plano técnico, casi rutinario.
No obstante, los permisos otorgados vienen acompañados de un paquete de exigencias ambientales inédito: reducción de áreas solicitadas, ventanas temporales acotadas, protocolos especiales para la protección de fauna marina, observadores ambientales independientes, planes de contingencia reforzados y la potestad estatal de suspender las operaciones en tiempo real.
Aquí aparece la primera contradicción evidente:
si el impacto es tan bajo como se afirma, ¿por qué el régimen de control es tan excepcional?
Contratos heredados y decisiones actuales
Otro argumento reiterado es que los contratos con las empresas fueron firmados en administraciones anteriores. El señalamiento es correcto, pero incompleto. Un contrato heredado no obliga a minimizar riesgos ni a relativizar impactos; obliga, en todo caso, a explicarlos con mayor claridad y a asumir la responsabilidad política de las decisiones actuales.
Además, si los acuerdos fueran tan rígidos como se sugiere, difícilmente se entendería la incorporación de nuevas y severas restricciones ambientales que, en los hechos, modifican sustancialmente la operativa original.
Transición energética y petróleo: un discurso incómodo
Uruguay se presenta internacionalmente como un país líder en energías renovables y transición energética. Al mismo tiempo, se impulsa la exploración petrolera en aguas profundas. Desde el gobierno se afirma que ambas cosas no son contradictorias.
Sin embargo, la exploración offshore profunda implica inversiones millonarias que solo se justifican si existe una expectativa real de explotación futura. Explorar sin intención de explotar carece de lógica económica. Por eso, la narrativa de “solo información” convive de forma incómoda con los hechos.
Riesgos minimizados en público, reconocidos en documentos
En el plano comunicacional se habla de riesgos controlados y de ausencia de evidencia concluyente de daños. En los informes técnicos, en cambio, se describen posibles afectaciones acústicas prolongadas, impactos sobre cetáceos y ecosistemas sensibles, y se justifica la aplicación del principio precautorio.
La disonancia es clara:
el riesgo es suficientemente serio como para activar el máximo nivel de control, pero no lo bastante serio como para ser presentado con franqueza ante la ciudadanía.
Una tensión que erosiona la confianza
La situación podría resumirse así:
no pasa nada, pero si pasa algo se suspende todo; y por las dudas, se limita casi todo desde el inicio.
No se trata necesariamente de mala fe, sino de una tensión no resuelta entre compromisos económicos, presión internacional, sensibilidad ambiental creciente y una sociedad cada vez más atenta.
Cuando el discurso tranquiliza, pero las acciones revelan cautela extrema, lo que se pone en juego no es solo una política energética, sino la confianza pública.
Continuará…

