A finales de la década de 1980, algo comenzó a salir mal en lugares que supuestamente eran seguros. Los bosques nublados protegidos, desbordados de sierras y excavadoras, comenzaron a perder animales que habían persistido en tiempos más difíciles. Los anfibios —a menudo abundantes, a menudo pasados por alto— se desvanecían en patrones que no encajaban en las explicaciones habituales. Biólogos de campo, entrenados para desconfiar el drama, […
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