Cada fin de año, cada festejo masivo, cada fecha “especial” parece repetir un ritual incuestionable: explosiones, detonaciones, luces violentas, ruido sostenido. Los fuegos artificiales se presentan como sinónimo automático de alegría, como si celebrar implicara necesariamente dominar el espacio sonoro y visual, imponerse sobre el entorno y sobre los otros.
Sin embargo, una lectura honesta (no literalista, sino ética) de la Biblia plantea una incomodidad profunda: la tradición bíblica es estructuralmente crítica del estruendo vacío, y sorprendentemente cercana a lo que hoy sabemos sobre salud mental y sufrimiento animal.
La Biblia no conoce los fuegos artificiales, pero conoce muy bien el ruido. Y lo juzga.
El ruido como simulacro de sentido
La Escritura distingue de forma nítida entre el sonido que comunica y el ruido que reemplaza. No todo lo que suena fuerte celebra, ni todo lo que brilla honra la vida.
El profeta Amós pone en boca de Dios una frase que desarma cualquier cultura del espectáculo:
“Quita de mí la multitud de tus cantos,
no quiero oír el sonido de tus arpas.”
No hay aquí un rechazo a la música ni a la fiesta, sino al ruido que pretende tapar el vacío moral, al ritual que suplanta el cuidado, a la forma que se impone cuando el contenido está ausente.
Ese principio atraviesa toda la Biblia: cuando el ruido no escucha al otro, se vuelve violencia.
Dios no grita: el valor del silencio
Uno de los pasajes más radicales del texto bíblico narra que Dios no se manifiesta en el terremoto, ni en el fuego, ni en el estruendo, sino en una voz suave, casi imperceptible.
Este no es un recurso poético: es una declaración ética. La revelación no irrumpe aplastando, sino invitando. No invade; se deja oír solo si hay silencio.
La Biblia asocia el estruendo descontrolado al caos, a la guerra, a la idolatría y a la pérdida de medida. El silencio, en cambio, aparece como espacio de discernimiento, cuidado y respeto por los límites.
Ruido y salud mental: lo que hoy sabemos
Lo que el texto bíblico intuyó simbólicamente, la ciencia contemporánea lo confirma con datos: el ruido extremo y abrupto no es inocuo.
Las detonaciones generan picos de estrés agudo, crisis de ansiedad, ataques de pánico, desregulación emocional y reactivación de traumas. Afectan especialmente a personas con trastornos de ansiedad, estrés postraumático, hipersensibilidad sensorial, adultos mayores, niños pequeños y personas dentro del espectro autista.
La alegría de unos minutos para algunos se traduce, para otros, en horas —o días— de angustia, desorientación y miedo. Desde una ética bíblica coherente, esto no puede considerarse un daño colateral aceptable.
Celebrar a costa de la salud mental ajena no es celebración: es indiferencia.
Animales: las víctimas silenciosas
Si hay un punto donde la distancia entre el espectáculo humano y el sufrimiento es brutal, es en el impacto sobre los animales.
Los fuegos artificiales provocan pánico extremo en animales domésticos y fauna urbana: huida, desorientación, taquicardia, lesiones, atropellos, abortos espontáneos, muerte. No entienden la causa, no pueden anticipar el final, no tienen refugio simbólico ni explicación racional.
La Biblia es clara respecto a los animales: no son objetos. Forman parte de la creación y están incluidos en la responsabilidad humana. El justo, dice el texto, cuida la vida de su animal.
El estruendo que aterroriza a millones de seres vivos no es un detalle menor: es una falla ética profunda. El silencio forzado de los animales no es consentimiento; es indefensión.
El fuego: símbolo con límite
En la tradición bíblica, el fuego nunca es entretenimiento gratuito. Es símbolo de presencia, de purificación, de límite. Siempre tiene sentido. Siempre implica responsabilidad.
Cuando el fuego se separa de todo propósito y se convierte en simple descarga de poder, el texto lo asocia al desorden y la destrucción. No hay en la Biblia una sola escena donde el fuego inútil sea celebrado.
¿Condena la Biblia los fuegos artificiales?
No de forma literal. Pero sí condena el principio que los sostiene cuando se transforman en estruendo vacío, invasivo y dañino.
La Biblia no prohíbe la alegría; prohíbe la alegría que ignora al otro. No rechaza el sonido; rechaza el ruido que no escucha. No niega la fiesta; niega la fiesta que se impone por la fuerza.
Celebrar sin dominar
Tal vez el problema no sea religioso, sino cultural. Hemos aprendido a festejar como quien conquista: ocupando el espacio, rompiendo el silencio, imponiendo nuestra experiencia como universal.
La Biblia propone algo mucho más exigente: celebrar sin aplastar, sin aterrorizar, sin sacrificar la salud mental ni la vida animal en nombre del entretenimiento.
Quizás haya llegado el momento de asumir que el estruendo no es sinónimo de alegría, y que una celebración que necesita ensordecer para existir dice más de nuestra incapacidad de celebrar que de nuestra felicidad.

