Más allá de la sísmica: lo que está en juego es la transparencia
A esta altura, el debate ya no se reduce únicamente a la prospección sísmica en sí misma.
Lo que está en discusión es algo más profundo.
Desde el inicio del proceso, la posición pública del Ministerio de Ambiente fue clara: se sostuvo que no existían riesgos ambientales significativos asociados a la campaña sísmica, siempre que se cumplieran los protocolos técnicos previstos.
Si no había riesgos relevantes, ¿por qué fue necesario ajustar y endurecer las condiciones?
Si los riesgos existían, ¿por qué inicialmente se transmitió un mensaje distinto?
Ese giro —técnico y discursivo— nunca fue explicado con claridad ante la opinión pública.
Y hoy, cuando el buque ya está en aguas uruguayas, el silencio oficial vuelve a instalar una sensación de opacidad. No hay partes diarios, no hay reportes públicos actualizados, no hay comunicación institucional detallando en qué etapa exacta se encuentra el proceso, si comenzaron o no las emisiones acústicas, si se activaron protocolos de vigilancia, si hubo detecciones de fauna marina.
La democracia no se sostiene solo en habilitaciones administrativas ni en resoluciones judiciales.
Se sostiene en información.
En comunicación constante.
En rendición de cuentas cotidiana.
Cuando se trata de decisiones estratégicas que involucran recursos naturales, biodiversidad marina y eventuales impactos de largo plazo, el estándar de transparencia no puede ser mínimo. Debe ser máximo.
El sistema de gobierno transparente exige novedades del día a día. Exige reportes técnicos accesibles. Exige claridad sobre los cambios de criterio. Exige explicar por qué se ajustan las reglas. Exige comunicar cuándo comienzan —o no— las actividades.
El debate legítimo no es únicamente “sí o no a la prospección”.
Es también:
¿Quién informa?
¿Con qué frecuencia?
¿Con qué nivel de detalle?
¿Bajo qué mecanismos de control público?
Porque cuando el Estado primero minimiza riesgos, luego los reconoce implícitamente al endurecer condiciones, y finalmente guarda silencio mientras el buque espera o eventualmente opera, lo que se erosiona no es solo la confianza ambiental.
Se erosiona la confianza institucional.
Y en una democracia madura, la confianza no se exige: se construye.

