En los vertederos espeluznantes, miles de familias argentinas se ven obligados a sobrevivir en medio de residuos tóxicos y descuido del gobierno, soñando con empleos estables y huyendo
El sol se levanta sobre la meseta de la punta de basura al aire libre de Neuquén. Maia, nueve, y sus hermanos, de 11 y siete años, abrazados por una fogata. Su madre, Gisel, roma por bolsas que huelen a fruta podrida y carne.
Situado en el extremo norte de la Patagonia argentina, a 100 km Vaca Muerta – una de las mayores reservas mundiales de gas fósil – aquí los niños van en medio de metal torcido, vidrio y basura que se extienden sobre cinco hectáreas (12 acres). El horizonte es desperdicio.

